Nunca en mis brazos, Siempre en mi Corazón.

No hay un episodio más triste en mi vida que el haber perdido a mi primer hijo y estoy segura que la mayoría de ustedes que leen estas líneas estarán de acuerdo conmigo en que el dolor de perder a un hijo es un dolor que se lleva siempre en el corazón, porque no es la naturaleza correcta del ciclo de la vida; en teoría, son los hijos los que despiden a sus padres y no al revés. Es una cicatriz que permanece allí y que nunca llega a sanar completamente.

Y aunque mi angelito no estuvo mucho tiempo conmigo, su presencia es infinita dentro de mi ser. No sé cómo explicarlo, no tengo palabras con las que pueda describir este sentimiento, sólo puedo sentirlo dentro y a veces fuera, porque el dolor se vuelve intenso y las lágrimas brotan solas. No lo puedo evitar, sólo pasa. Porque a pesar de que han pasado tantos años desde su partida, el dolor nunca se ha ido, siempre ha estado allí, a veces dormido, a veces despierto, siempre allí.

Es el dolor de todos los abrazos que nunca pude darle, de todos los besos que no recibió, de todo el amor que albergaba mi corazón para él y que nunca llegó a su destino, de cada día que no compartimos juntos, de cada cumpleaños que no disfrutamos, de todos los juegos que dejamos de jugar, en fin, es el dolor de nunca haberlo tenido entre mis brazos, es el dolor de haber cargado sus cenizas hasta el cementerio, es el saber que nunca estará con nosotros y que cuando volví a tener noticias suyas él ya había partido a la presencia de Dios y se había convertido en un hermoso ángel que iluminaría el cielo con su presencia. Y es que él era tan especial que Dios se lo llevó enseguida a su corte celestial porque de allí se había escapado por un instante fugaz para estar conmigo y llenar mi mundo y mi vida de amor infinito.

Por eso hoy, comparto un pedacito de esta carta que escribí para ese angelito que nunca tuve en mis brazos pero que siempre he tenido en mi corazón:

Han pasado 15 años desde que te fuiste de mi lado para estar donde te correspondía y aún recuerdo como ayer ese día en el que fuiste llamado, era de madrugada, tenía cinco (5) meses de embarazo y me comencé a sentir mal, era como una sensación de malestar rara combinada con angustia, luego reconocí las contracciones, ya me habían dado cuando tenía 3 meses de embarazo y tuve la primera amenaza, el dolor se corría hasta la espalda y finalmente fui al baño y vi sangre, no recuerdo exactamente cómo llegamos al hospital, pero cuando me examinaron ya no había nada que hacer, estaba completamente dilatada y el parto debía producirse. Finalmente naciste tú, tan chiquitito, tan débil, no lloraste…supe entonces que algo andaba mal…los médicos te atendieron de inmediato, todos corrían de un lado para otro y para mi todo era tan confuso. Mientras te atendían, perdía el sentido por segundos pero cada vez que podía preguntaba por ti, me decían que te estaban atendiendo; luego………. no tengo más recuerdos. La siguiente escena que viene a mi mente es el cuarto del hospital, el doctor me explica que no pudieron hacer nada, que tus venitas eran tan frágiles todavía y tus pulmoncitos no se habían desarrollado lo suficiente para poder sobrevivir. Fueron tan solo dos horitas fugaces las que estuviste en este mundo y siento muchísimo que hayas tenido que sufrir entre tantos médicos, pero todos ellos intentaban retenerte conmigo aquel día, porque así somos, egoístas, y no queríamos que te fueras a donde papá Dios, preferíamos tenerte con nosotros.

Me encantaría poder tener una ventanita al cielo y que me contaras cómo estás, qué has hecho, seguramente ya pasaste de ser un hermoso querubín a ser un bello y fuerte ángel de la Guardia Celestial. Quiero que sepas que acá mamá siempre te extraña y que estoy muy orgullosa de ti porque siempre fuiste muy fuerte y valiente, estoy segura que allá arriba serás igual. 

Sé que ya sabes que tienes un hermanito porque tú lo cuidas todo el tiempo como el mejor de los hermanos mayores que eres, yo le he hablado mucho sobre ti y te hemos ido a visitar juntos al cementerio. Cada vez que tiene oportunidad le cuenta a la gente que él tiene un hermano mayor, pero que está en el cielo. Qué dicha la suya de poder contar contigo!!! tiene pull directo!!!

Todos los días conversamos con Papá Dios y Mamá María porque sabemos que ellos te han cuidado desde siempre, para que tengas noticias de todo lo que pasa por acá, así que me imagino estarás bastante actualizado y seguramente en más de una ocasión habrás querido intervenir para que entendamos que las cosas no son como nosotros queremos sino como tienen que ser. No te preocupes, que poco a poco vamos entendiendo y cuando así Dios lo disponga espero poder estar nuevamente junto a ti para llenarte de besos y muchos abrazos. Te amo con todo mi corazón, hijo mío”.

En memoria de Eduardo Andrés, quien nació y murió el 1 de abril de 2002 en la Ciudad de Panamá, República de Panamá.

 

3 comentarios sobre “Nunca en mis brazos, Siempre en mi Corazón.

  1. Es realmente hermosa esta carta y estoy segura que él está bien, cuidando se su hermano y de ustedes. Todo sucede para el bien de los que aman a Dios; y aunque no entendamos tantas cosas en el momento todo tiene un propósito. Estoy segura que tu Eduardo y mi Angélica estan con Papa Dios cuidandonos y jugando jungos. Un abrazo.

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