UNA BATALLA INJUSTA – PERO LA GANAMOS!

Este fin de semana EL GUERRERO tuvo que luchar una batalla, tal vez muy pequeña para las que ya ha luchado antes; a mi parecer una batalla injusta porque lo cogió por sorpresa, totalmente desprevenido y sin previo aviso. Fue apenas una pequeña muestra de todo lo que le ha tocado luchar y se lució como EL GUERRERO de mil batallas que es; se enfrentó al enemigo sin titubeos y yo como su fiel soldado estuve allí, al pie del cañón, con valentía y sin flaquear porque un General necesita a sus mejores soldados, y yo desde hace mucho años dije que SÍ! y me enliste con él para estar juntos en las buenas y en las malas, ser su soldado de mil batallas y luchar juntos ante cualquier adversidad que se presente. Así, en equipo, hombro con hombro vamos por la vida librando batallas, de la mano de Dios, con la fe bien puesta y el corazón en la mano.

Resulta que hoy, después de dos (2) días, donde ya pasó todo, donde la calma vuelve a emerger y las aguas regresan a su cauce, me siento a pensar y a reflexionar sobre lo vivido y no puedo evitar que mis ojos se llenen de lágrimas y que mi mente se deje llevar por lo que pudo haber sido y no fue, mientras que mi alma reclama en silencio por lo que considera injusto. Y es que trato de ser el soldado fuerte que mi GUERRERO necesita pero al final resulta que no soy más que un pobre ser humano, con todas las debilidades y defectos que la misma naturaleza humana envuelve y que a pesar de querer tener poderes de super héroe, resulta que sólo tiene sus manos, su corazón y sus ganas de darlo el todo por el todo. Sin embargo, me pregunto si será suficiente?, si hago todo lo que puedo?, si es posible hacer más?

Y es que EL GUERRERO tuvo una reacción a un medicamente nuevo, al parecer su cuerpo no lo toleró y como efecto secundario del mismo tuvo una convulsión. Gracias a Dios no fue una convulsión de todo su cuerpo, únicamente su pierna derecha y su mano derecha se vieron afectados, la pierna derecha pateó varias veces de forma involuntaria y su mano derecha se contrajo hacia adentro. Comenzó a sudar a cántaros, ciertamente me impresionó lo mucho que sudaba, era como si tuviera una pluma abierta en algún lugar de su cuerpo y el agua salía casi que a chorros por sus poros. Intentó dar unos pasos mientras yo lo sostenía pero no pudo. Tenía todos los músculos del cuerpo contraídos, la cara rosada y la pierna permanecía con un temblorcito leve pero constante. Inmediatamente reconocimos el cuadro, sabíamos que estábamos frente a una convulsión, EL GUERRERO tenía sus labios blancos, no dejaba de sudar, sus cabellos negros estaban empapados como si acabara de salir de la ducha y sus músculos no reaccionaban.

Gracias a Dios no perdió en ningún momento el conocimiento, se mantuvo alerta, hablando de forma coherente y fluida, respiró profundo, estiró ambos brazos hacia el frente, se tocó la nariz con la punta de su dedo índice y me dijo: “Si puedo hacer esto no estoy tan mal!”…nos miramos y nos sonreímos pero ambos sabíamos en nuestro interior que estábamos muertos de miedo y no teníamos del todo claro cuál era el próximo paso a seguir.

Rápidamente busqué la silla de ruedas, lo senté allí para que resultara más fácil transportarlo y evitar que se fuera a caer ya que tenía los músculos de las piernas tan contraídos que se le dificultaba estar parado y mucho menos podía caminar. El movimiento de marcha parecía haber hecho corto circuito y tratar de mover una pierna era casi como tratar de mover un costal lleno de plomo.

Me pidió que lo dejara un rato sentado, mientras se recuperaba un poco más, le cambiamos la camisa varias veces por el sudor extremo y constante. Llegó la hora del almuerzo pero no quiso nada, a penas y se tomó de mala gana una sopa. (UF! MALA SEÑAL! me dije para mis adentros porque si hay algo que no se le quita a EL GUERRERO es el hambre!!, siempre está dispuesto para la comida, no importa qué tan enfermo esté).

Recuperó el color de los labios y se le quitó el enrojecimiento de la cara, todavía sudaba pero era como si el grifo lo hubieran cerrado un poco y las gotas de sudor que le caían eran más controladas. Finalmente, quiso hacer otro intento de pararse y caminar, se levantó con ayuda y dio un paso pero con gran esfuerzo, cuando quiso dar el otro nuevamente la pierna tembló. Ya no había más nada que esperar, debíamos partir hacia el hospital.

Llegamos a un hospital privado, uno al que EL GUERRERO le tiene mucha confianza, sobre todo porque allí libró una de sus batallas más intensas; cuando entramos a la Sala de Urgencias le tomaron los signos vitales y todos estaban estables: Qué alivio!, siguiente fase: la entrevista con el médico General. A penas lo vi, me dio cero confianza; le relatamos la historia, le dijimos los medicamentos diarios que toma EL GUERRERO y le enseñamos la muestra de la medicina nueva que había tomado en la mañana y que estábamos seguros que era la responsable de todo lo que estaba pasando. Él concordaba con nosotros, sin embargo con algo de desdén y sin muchas ganas nos dijo que iba a llamar al Neurólogo de Cabecera para ver si podía venir al hospital. Pasaron las horas y nada, no respondía, intentaron localizar a 4 neurólogos más y tampoco obtuvimos respuesta positiva. Finalmente localizaron a uno, que por teléfono, sin examinar al paciente, sin conocer sus antecedentes y sin hacerle análisis alguno, recomendó inyectarle diazepam para prevenir otra convulsión.

EL GUERRERO y yo nos miramos, ambos estábamos perturbados por el episodio y por la pobre atención médica recibida. Pedimos al doctor que buscara en el historial clínico si alguna vez le habían administrado dicho medicamento, mientras EL GUERRERO y yo deliberamos sobre todo lo ocurrido y sobre la inyección recetada vía telefónica por un neurólogo que no habíamos visto nunca en la vida.

Llegaron las 12:30 de la madrugada, EL GUERRERO ya estaba tomando fuerzas, no tenía una sola gota de sudor, su semblante volvía a ser el mismo de siempre y se comenzaba a enojar por la pésima atención que le estaban dando a su caso (BUEN SÍNTOMA!! Está pelando!!…jajajaj), siendo así las cosas, decidimos que no le pusieran la famosa inyección porque no nos parecía bien que le suministraran un medicamento recetado por teléfono a un paciente que con cualquier cosa diferente puede hacer una reacción adversa en su cuerpo. Firmamos un documento donde nos hacíamos responsables de no dejar al médico ponerle la inyección de diazepam y nos fuimos de allí indignados, no sólo por lo pobre de la atención médica recibida, sino por la falta de lealtad al juramento Hipocrático de los doctores que recibieron el llamado aquél día, para atender a un paciente con antecedentes neurológicos importantes, que había tenido una convulsión y que se encontraba en Urgencias buscando ayuda y orientación adecuada y especializada.

Y así nos fuimos, EL GUERRERO en una silla de ruedas, que le habían prestado en el hospital y que NINGÚN PERSONAL DE SALUD ayudó a mover hacia afuera, y yo con mis dudas todas puestas en la misma mano en donde las había traído al momento de llegar al lugar. Empujé la silla de ruedas hasta el carro, acomode a EL GUERRERO en su asiento, devolví la silla al hospital, en silencio, con los pensamientos a mil por hora y las ganas de gritar y maldecirlos a todos. Ojalá que ninguno de ellos, de todos los que estaban esa noche allí de turno, tuviesen que pasar algún día una situación como la que nosotros estábamos viviendo y que justo cuando llegas al sitio en donde crees que vas a conseguir ayuda, acogida, compasión o tan sólo un poco de calor humano, recibas a cambio el frío helado, no sólo del aire acondicionado del lugar, sino también del trato inerte de los que allí trabajan. Qué duro! Pero qué real! Golpe de realidad de este mundo que a veces te sacude y que te hace más fuerte en una sola noche.

Finalmente llegamos a casa, abatidos por el cansancio, sorprendidos por la poca humanidad, pero gozosos porque EL GUERRERO se iba recuperando poco a poco. Se tomó su medicamente anticonvulsivo, pidió un vaso de leche, se puso su pijama y se acostó. Yo me acosté a su lado y allí, pidiéndole a Dios y a la Virgen se llegó el día siguiente, cuando fueron las 4:30 a.m. sabíamos que había sido una prueba superada, el sueño nos venció y descansamos un poco.

Pasaron unas horas, cuando yo me desperté, lo vi allí, rendido en su lecho, con la certeza de que había ganado la batalla, salí del cuarto y me quedé en la sala. Al poco tiempo, llegó él, había podido caminar sólo del cuarto a la sala. Cuando lo ví, no pude más que sonreír y dar Gracias porque después de cada tormenta siempre llega la calma y después de cada noche oscura siempre sale el sol.

Esta fue sólo una pequeña batalla mi GUERRERO, sabemos que habrán muchas más, pequeñas y grandes que superar, pero puedes estar seguro que esta soldada está lista para acompañarte en todas ellas porque cada una es parte también de este camino llamado VIDA que a veces tiene sus altas pero también tiene sus bajas.

Y yo necesito que estés allí junto a mi cada día, para decirme tus chistes malos, para interrumpirme mientras veo la novela, para que pelees conmigo por tonterias, para hablar hasta quedarnos dormidos, para ver las películas que te gustan y que nunca termino de ver porque me vence el sueño, para salir juntos a pasear, para visitar más restaurantes nuevos, para criar a nuestro hijo, para abrazarte hasta que me canse, para besarte hasta que me duelan los labios, para decirte lo mucho que te amo, para cantarte mil canciones aunque sean desafinadas y para caminar de tu mano cada día porque todo eso es el impulso que mueve mi mundo día con día, porque tú, EL GUERRERO de mil batallas eres tambien El Guerrero de mi vida.

Un comentario sobre “UNA BATALLA INJUSTA – PERO LA GANAMOS!

  1. Eres un ángel Ilka. Eres un ser de luz y a personas como tú, Dios las acompaña siempre.
    Un abrazo enorme y te admiro mucho mi niña!
    Abrazo fuerte para ti y tu Guerrero! 🤗

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